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Señas de identidad

¿Qué pasa con nuestro orgullo de identidad como pueblo serrano? ¿Dónde hemos dejado la arquitectura tradicional? ¿Dónde se esconden esos rincones con encanto especial? ¿Qué ha pasado con esas calles llenas de vida donde jugaban tranquilamente los chiquillos, paseaban apaciblemente los ancianos y compartían el vivir cotidiano comadres y compadres? ¿Qué ha quedado de ese espíritu del sur, de esa filosofía de vida tan característica y peculiar? ¿Qué queda de ese sabor genuino del lugar?

Panorámica de Júzcar

Panorámica de Júzcar

¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Quién?, y un sinfín de interrogantes se me vienen a la cabeza y podrían hacer interminable la lista.

En tan sólo 30 años, hemos cambiado radicalmente el aspecto de nuestras viviendas; ya no hay forja rondeña en nuestras ventanas y balcones, en su lugar aluminio y forja industrial; las vigas de madera han dado paso a otras de acero u hormigón; puertas y ventanas de hierro, cristal y aluminio sustituyen a las recias de castaño; tejas de hormigón, chapas de metal, fibra de vidrio o cemento suplantan las techumbres de teja árabe; empedrados arabescos y ladrillos de barro son reemplazados por terrazo, cerámica o gress; exóticas bougainvilleas usurpan el lugar que antaño ocuparon añosas y retorcidas parras; socorridos poyetes, trocados por vistosos zócalos de los más variopintos materiales, texturas y colores, etc. Las casas, sólidas y macizas estructuras de hierro y cemento, son construidas siguiendo un estricto cuadriculado y se han transformado en pequeñas e inexpugnables fortalezas que cual moluscos en su caparazón, protegen la intimidad de sus moradores.
Hasta nuestra forma de vida ha cambiado, la caja tonta y el frenético ritmo del reloj que impone la actual civilización se han apoderado del control de nuestras vidas. Los niños ya no juegan al pidola, al gua, la rayuela o al avión, no saltan a la comba ni juegan a los corros; con la video consola, la gameboy, la tele y el ordenador, no necesitan ni de los amigos para estar entretenidos y callados, mientras los padres disfrutan de tranquilidad en el hogar, con lo cual vamos dando paso a una generación apática, insociable, carente de interés por el entorno y sin perspectivas de futuro en el lugar.

Los adultos en la calle hablan de política, deportes, cotilleos de famosos, el reality-show de tal o cual canal o del culebrón semanal, dejando en segundo lugar temas de importancia como el ganado, la cosecha, el tiempo o el presente y porvenir local.

Cada vez nos apartamos más de los demás, como si así consiguiésemos hacer desaparecer lo que no nos agrada de la sociedad, reuniéndonos sólo para actos de relevancia social como pueden ser bodas, bautizos, entierros y fiestas de solemnidad.

Incluso los animales que siempre han formado parte de nuestra cultura y alimentación, han sido relegados a un segundo puesto, alejándolos del núcleo de población por las leyes sanitarias o excluyéndolos de nuestra dieta por carne y productos elaborados en granjas industriales y fabricados con gran cantidad de conservantes, colorantes y un sinnúmero de sustancias químicas que en su mayoría son tóxicas o perjudiciales para nuestra salud. Jamón de york, coped, mortadela, salami, paté, sobrasada y mantequilla, sustituyen al jamón casero, chorizo, salchichón, zurrapas y manteca colorá tradicionales de los bocadillos de nuestros niños; quesitos en porciones, yogures y batidos, al queso la “cuajá” y la leche de cabra del lugar; ni siquiera el pan es lo que era antes, que duraba como recién hecho una semana por lo menos. En fin, cosas del progreso, que en vez de para bien, han sido para mal, le pese a quien le tenga que pesar. (Continúa)

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Artículo de Daniel del Río González publicado en el número 20 de la revista La Serranía en 2003.

© Editorial La Serranía, S.L. Prohibida la reproducción de textos y fotografías sin autorización previa y por escrito. Todos los derechos reservados.

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Un comentario

  1. Manolo, desde México says:

    ¡Hola! Estoy totalmente de acuerdo con Dani en este artículo. Creo que es muy importante mantener las señas de identidad de nuestro pueblo. Pienso que uno se da cuenta de esto cuando ya es demasiado tarde, pero… todavía no es demasiado tarde y hay que apostar por ello. Sobre todo, haría incapié en la arquitectura tradicional, que es algo que se perderá y algo tan característico de nuestro pueblo serrano. Además, es posible, tal como se puede ver en algunos pueblos del bajo Genal que han logrado mantener algo de esa arquitectura. Saludos y mis ánimos a Dani, que tiene muy buena visión y mucha lucha incansable por sus principios. Nos vemos.

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