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Mientras los reyes duermen

Ya se han ido a dormir, sí, pero continúan estando ahí, a nuestro alrededor, llenándolo todo con su presencia. Indolentes al paso del gélido invierno, se han desprendido de sus elegantes vestiduras dorado-rojizas para iniciar una larga y necesaria hibernación que durará hasta las postrimerías del mes de mayo. Será una larga y fría temorada de soledad para los habitantes del Valle. Nevará en las cumbres de la Sierra de las Nieves, en Jarastepar y Almola, vendrán largos días de lluvia y viento, antes de que ellos vuelvan a despertar y vestir sus nuevos trajes verde esperanza. ¡Esperanza!, bonita palabra.

Como mudos testigos de su dormitar, yacen junto a ellos cual inmensos mantos reales los despojos de su esplendor, mientras ellos permanecen inmutables en señal de su realeza y majestuosidad, como corresponde a su rango, el de los grandes señores, a los auténticos reyes, los reyes del Valle; los castaños.

Sí, digo bien, ellos, los castaños, ellos son los verdaderos reyes y dueños de nuestros valles; llegaron a él en tiempos inmemoriales, provenientes de Turquía y Asia Menor, con ellos llegaban a la península pueblos que la llenarían de esplendor (fenicios, griegos, romanos…), pero ellos y sólo ellos han sabido permanecer y echar raíces (nunca mejor dicho) haciendo de esta tierra su reino.

Cuando arribaron a estas latitudes, otros familiares ya vivían aquí y poco a poco le han ido cediendo terreno (sus primas las encinas y sus primos los quejigos y los chaparros o alcornoques), aunque no voluntariamente, sino con la intervención del hombre.

Magníficos y elegantes, volverán en primavera a vestir sus galas doradas al cubrirse de copos o candelas, como avanzadilla del próximo y espléndido tesoro con el que nos obsequiarán a comienzos del otoño.

Pero, de todo ello, tiempo al tiempo, ahora lo que nos ocupa, su descanso invernal, ese largo descanso durante el cual continúa la vida del valle, se inician las labores de limpieza y rejuvenecimiento de sus majestades, la trasiega del mosto que alegrara las veladas y calentara los ánimos de los vecinos en los fríos días y noches propios de la estación, se llevarán a los guarros a la montanera previa a su hora final allá por San Martín (11 de noviembre) y con ello llegará a muchos de nuestros hogares el olor a chacina recién hecha, se iniciará la penosa y dura recogida de la aceituna para la obtención del aceite que se consumirá durante el año en los pueblos del valle, los naranjos, limoneros y mandarinos de las huertas nos obsequiarán con sus dorados y jugosos frutos; en fin, la vida continúa siendo activa para muchos otros árboles que se mezclan con ellos en el paisaje del Valle del Genal.

Mientras otras plantas más humildes son presas de la búsqueda del tesoro en las proximidades de su majestad el castaño como son las diversas especies de los géneros amanita, lepiota, macro-lepiota, lycoperdon, clavaria, entre otras, los exquisitos espárragos amargueros y trigueros, las collejas, las tagarninas y las setas de cardo, todas ellas auténticas delicias culinarias avaladas por siglos de tradición en éste, su reino.

En el otro extremo y alejados por decenas o cientos de kilómetros, en suntuosos despachos adornados con maderas nobles (la del castaño no es noble, es real), traídas de allende los mares y un sinfín de lujosos caprichos, políticos y especuladores discuten el futuro de su reino con proyectos de urbanizaciones, parques eólicos, plantas de áridos y hormigón e incluso una colosal presa que podría alterar el microclima especial del Valle y traer consigo un sinfín de parásitos y de enfermedades que podrían acabar con su plácida existencia y en el mejor de los casos retrasar su fecha de fructificación con la consiguiente ruina económica de los habitantes del Valle, ya que dicho retraso iría en detrimento del precio de su fruto. La castaña, aunque probablemente no dé su calidad, ¿compensaría?

En tanto, en multitud de hogares alimentados con los despojos de la poda, se reúnen como lo hicieron antaño abuelos que cuentan anécdotas de tiempos lejanos a sus nietos que los escuchan embelesados, familias que comparten los sucesos de la jornada y planean con ilusión un futuro más esperanzador, amigos que comparten una amistosa jornada y taciturnos solitarios que en compañía del fuego acogedor, disfrutan de un rato de música, lectura, televisión o simplemente se dejan llevar por las sinuosas figuras producidas por las llamas y por el crepitar de éstas, absortos en un sinfín de secretos, pensamientos y fantasías.

Observándolos en su triste y gris desnudez, nadie pensaría en la gran riqueza con la que nos obsequiarán tras su despertar y no me refiero sólo al aspecto económico, sino más que nada al visual y también al sensual, ya que son tantas las sensaciones que se experimentan paseando bajos sus copas frescas bajo el calor estival, son tantos los cambios de imagen que sufren durante su época activa que ningún mes, ninguna semana, su aspecto es igual que el anterior, primero el brotar de sus yemas y retoños, a continuación la floración con esa infinidad de amentos que le dan el aspecto de estar cubiertos por un sutil manto dorado, más adelante la formación de esos receptáculos cubiertos de espinas llamados erizos, de los cuales saldrán a primeros del otoño las castañas y por último ese rojizo que les otorga la aparición de una enorme y colosal candela a cada uno de los ejemplares y una imagen de paleta de pintor multicolor al entorno, no hay palabras para describirlo, hay que vivirlo, hay que sentirlo y ahora es un buen momento, “mientras los reyes duermen”, ahora hay que recordarlos, ahora hay que homenajearlos.

Que nadie les moleste, que sus majestades están durmiendo.

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Artículo de Dragón publicado en el número 14 de la revista La Serranía en enero-febrero de 2002.

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